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domingo, 8 de noviembre de 2015

Austria, Hungría y el comunismo


The problem with socialism is that you
eventually run out of other people's money.”
Margaret Tatcher

 De ese viaje fue Viena la ciudad que más me marcó. Tres días no fueron suficientes como para decir que la conozco pero si al menos para decir que me quedé con el sabor de su esencia. Una de las bibliotecas antiguas más grandes del mundo , sus calles , parques , palacios (Beldevere y Shonbrunn), y su maravilloso sistema de trenes no hacen más que desee ansiosamente regresar a conocerla. Aun así, en estos días de fuerte tensión política en los que no se puede pasar demasiado tiempo sin ver las noticias,  lo que más me viene a la memoria son los  países que visitamos a un paso más allá de Austria, esos que hacia no más de 25 años eran dominados por el comunismo soviético.

Después de Viena vino Budapest. La capital de Hungría no era precisamente el centro político de un país tan desarrollado como Austria, pero si una ciudad que dejaba ver la importancia que había tenido en el imperio de los Habsburgo. Budapest fue un 60% destruida en la segunda guerra mundial, - nos decía la guía turística – Viena apenas un 30%. Sus grandes avenidas, la opera, sus edificios, las iglesias , el parlamento, sus puentes sobre el río Danubio etc. dejaban ver que la ciudad quiso ser en algún momento una Paris de Europa del este.

Pero el pasado que más me llamó la atención de Budapest no fue ni el de la segunda guerra mundial ni el del imperio Austrohúngaro, sino el más inmediato : el de la Budapest perteneciente a la Rusia comunista, el pasado del cual apenas habían pasado dos décadas y que estaba más a la vista.

Claramente el sistema de trenes de Hungría no era el mismo de Austria. Si para ir de Viena a Salzburgo nos movilizó un ultramoderno tren más preciso en el tiempo que un reloj suizo; en el viaje hacia Szentendre – un acogedor pueblo a las afueras de Budapest – utilizamos un vagón viejo oxidado que con sus ruidos y lamentos lloraba por un pronto un reemplazo. Fue en ese pueblo, en una librería de la plaza central, donde conseguí el libro que me iba a responder muchas de mis preguntas, y crear nuevas por su puesto, sobre el comunismo en Europa. Se llama Revolution 1989 de un periodista precisamente Húngaro llamado Victor Sebestyien.   

 La historia se extiende por la lucha en cada uno de los países comunistas. Cada caso ligeramente distinto del otro, pero en fin casi idénticos en muchas cosas. Sobre todo en el uso del terror y la fuerza para mantener a raya a una población que pedía a gritos libertad. Sacar al ejercito para dispararle en Praga a manifestantes que pedían un socialismo más humano. Utilizar cuerpos de inteligencia  de dimensiones intergalácticas para espiar a la población. Control absoluto sobre los medios de comunicación. Y una buena remuneración para los que hacían el trabajo que los regimenes tanto necesitaban, reprimir.

Pero más allá de la represión y del acorralamiento a la libertad señala que el derrumbamiento del sistema soviético estuvo en que no se supo hacer sostenible en el tiempo.  La única solución para poder salir de tensiones económicas era pedir  prestado. Pedir prestado para mantener absurdos subsidios y no para invertir en desarrollo. Y cuando las tensiones económicas regresaban, la misma estrategia una y otra vez. ¿Y quien le prestaba a la Unión soviética? Sus banqueros enemigos acérrimos de occidente.

Según Sebestyen, a pesar del sofisticado sistema de espionaje de los EEUU, nadie pudo ver  con precisión la agonía económica que arrastraban los rusos y sus satélites. Para él, el gran cómplice de la caída del muro de Berlín en el 89 fue el mismo Mijail Gorbachov, quien en su intento para darle un rostro más humano al socialismo hizo más que nadie para destruirlo. En su cruzada para modernizar el sistema ayudó a socavar las bases sobre la cuales se mantenía: la fuerza y el miedo.

domingo, 12 de abril de 2015

Salidas de emergencia



Sin haber superado el ratón del día anterior, me levanté temprano para conseguirme con un amigo que vive un Brooklyn. Normalmente Nueva York es lo que siempre me sorprende por más que la conozca, pero esta vez no estaba abstraído por eso. El contraste de la Venezuela de hoy, deteriorada, y en dirección a la edad de piedra, con un EEUU  plenamente capitalista se siente desde que uno compra el ticket de metro y ve ochenta marcas de chocolate distintas, hasta pedir un café y ser atendido en menos de dos minutos con sonrisa artificial incluida.

Mi amigo es arquitecto,  colombiano, y trabaja en una firma de arquitectura en Manhattan. Yo soy venezolano, ingeniero, tengo 26 años y trabajo en Caracas, no hace falta decir mucho más para adivinar que me amarga, me  persigue y me atormenta la idea de abandonar el país.

Desde que nos sentamos a comer comienzo a hablar de la situación económica de Venezuela como si yo fuera un economista, dinero inorgánico, inflación, control de cambio, escases etc. etc. Él me cuenta de su trabajo, en Nueva York se trabaja en un ambiente internacional con mucha competencia, los horarios son bastantes flexibles. Puede que un día salgas temprano, como a las 8 de la noche, o que un viernes salgas a las 12 en la madrugada de la oficina. Los sábados no necesariamente te libras de tener que trabajar. No es que le tenga fobia al trabajo, pero su ritmo laboral es bastante diferente al que yo tengo en la empresa de supermercados y al que mis amigos tienen en sus trabajos aquí.

Nueva York es una ciudad que da para todos los gustos pero a la vez es una ciudad diferente para cada uno de los que en ella viven. Hay una ciudad para el turista  que encuentra miles de actividades para cada uno de sus días de vacaciones. Y también para quien no tiene vacaciones y vive en ella solo para trabajar. También es una ciudad donde encuentran refugio artistas  de todo tipo.

Por su carácter internacional se presta para tomarla como opción para escapar de Venezuela, un lugar donde la sensación de extranjero se reduce como en ningún otro y en donde las oportunidades pueden sentirse el ambiente. Es una ciudad donde muchos han encontrado una salvación individual.    

Regresando al planeta tierra hay una mejor alternativa, la de reconstruir un país arruinado, la de resolver un problema colectivo, el verdadero problema que afecta a quienes viven dentro o fuera de Venezuela. Me atrevo todavía a pensar que esa posibilidad existe y que aún se pueden aplazar un rato más las salidas de emergencia.  

@pedromanceras